6/3/11

Vieja, gorda, fea y loca. Cap. 1.1.

TEXTO PARA CORREGIR
(c) Mtiag.

De repente se quitó la camisa y la tiró encima de la cama.

Su prenda blanca, de hilo, larga hasta los pies, con bordados en vainica y en festón. Acababa de llegar de misa y se apresuró a cambiarse para guardar y conservar la camisola nueva que tantos sudores le había costado conseguir. La recogió de su lugar  y la colgó en el clavo que usaba como percha  para proteger su ropa  del ataque de los voraces insectos.

Se miró en el reflejo de la ventana. Pequeña, tosca, de madera de pino, con cuatro vidrios quejumbrosos Los cristales estaban sucios. Eran viejos, como la madera, como la pared, como toda la casa. A saber qué espectáculos se habrían contemplado a través de ellos. Pero no era su problema. En esos momentos su única preocupación era  cuidar de que que los bizcochos que había introducido en el horno estuvieran jugosos y a punto.

El espejo sólo reflejó medio cuerpo, lo suficiente como para devolverle su cara redonda y llena de pecas. La pequeña y respingona nariz y la boca hermosa y grande con sus dientes colocados en armónico desorden, siguiendo la hilera marcada por la encía. El pelo, rizado y en desorden, ocultaba sus ojos negros y la mayor parte de las marcas de su rostro.

Volvió la cara rápidamente y con movimientos rápidos y ágiles abrió la puerta del armario y se agachó para abrir uno de los cajones y recoger la otra camisa. Le fascinaba su rapidez de acción y su facilidad para arreglarlo todo en un santiamén. Se sentía bien, muy bien.Bah. Ni derecho tenía de pensarlo. Las mollas que adornaban su vientre formaron tres perfectos pliegues que se deshicieron al alzarse en pie para vestirse con su camisa antigua, de cosida de paño viejo, más raída y gris pero muy cómoda. Un regalo de los señores del pueblo  que cuidaban con generosidad de sus campesinos y vasallos.

Atrás quedaron aquellos tiempos en que ella iba con su madre y sus hermanos a segar por los campos de Castilla y Extremadura. Varias gentes del lugar se agrupaban y se vendían al mejor postor para realizar la siega. Las tardes del mes de julio se hacían interminables, hocín en mano, para  recoger las manadas, formar las gavillas... Era estúpido remover la sesera para recordar esto.

Levantó la cabeza e hizo volar la  enorme camisola para vestírsela.  Después preparó la falda, negra, más tosca que la camisa y tejida en lana. El abuso de jabones le daba un color claro y añejo a la tela. Lavaban la ropa en el río a golpe de piedra y de agua corriente y el frotamiento llevaba a un desgaste progresivo del color de las prendas. Pero era preciso eliminar el olor de los animales y de sus sudores para evitar enfermedades como la viruela o la peste.

Recogió los enormes pololos del otro cajón y mientras se los enfundaba, sintió un calor desmesurado y necesitó sentarse. Así que abrió un ala de la pequeña ventana, se sentó unos momentos sobre la colcha de ganchillo y continuó vistiéndose. Estaba sola y tuvo algo de temor al no conocer la procedencia de semejante ruborización.

Pensó para sus adentros: - "Hum... la falda. ¿dónde la había colocado? Ah , sobre el arcón de la abuela."
"Hombre... el arcón."

Ahora que no había nadie en casa podría echar un vistazo al mueble, al enorme bulto.

Levantó la falda larga, pesada y enorme y la dejó caer, de cualquier manera, sobre la colcha. Por su amplitud parecía cubrir un cadáver inexistente sobre la cama. Quizás simbolizaba una prueba de la  falta de cordura de la joven.  Se acercó al mueble.
.
Intentó levantar la tapa. Era pesada. El arcón, de madera marrón claro, de haya, tenía fuertes correajes que habían servido, antaño, para protegerlo de los golpes en los desplazamientos y para cerrarlo herméticamente mientras se viajaba. Se clausuraba con un enorme cerrojo para el cual no tenía la llave y un sello metálico para impedir los robos con hacha o espada.

¡Ah! pero no estaba cerrado con llave.  Podía mover la tapa pero pesaba muchísimo y le costaba alzarla. Eso no era un obstáculo para ella que tenía la fuerza de un toro si era preciso, para conseguir sus fines. Así que acudió a la cocina a coger  la escoba y volvió hacia el arcón. Los dibujos en la madera señalaban formas vegetales y círculos. Tenía unas marcas extrañas en el lado derecho. Posiblemente resultado de alguna caída o maltrato de los cocheros. No quiso reparar en ellas y siguió el ritmo de su ambición o curiosidad.

Descorrió el cerrojo y se preparó para introducir la escoba debajo de la tapa. Tenía que actuar con rapidez porque no  podía soportar con una mano semejante peso. Sus brazos eran cortos aunque fuertes. Tiró del cerrojo hacia arriba y con la mano izquierda colocó, rápidamente, la escoba debajo de la tapa que cayó, con fuerza y resquebrajó la madera del mango. Por lo menos había conseguido levantarla un poco. Ayudándose con la escoba, haciendo palanca, logró abrirla del todo.

Dejó la escoba apoyada entre la tapa y el suelo por miedo a que la cubierta cayera  sobre su cabeza cuando se agachara a mirar el contenido. Se levantó para ir a descorrer la cortina y permitir la entrada de luz del día sobre el arcón.En la casa no eran amigos de gastar cera, grasa, betún o aceite para iluminarse. Eran productos muy caros y sólo se podían adquirir en la ciudad.

Allí, en el interior del enorme bulto, había varias cajas. Algunas contenían prendas de vestir antiguas como camisas similares a la suya, faldas enormes o pañuelos. Otras, recuerdos muy bien colocados, ordenadamente, en el fondo de algún pequeño cajetín.

De repente escuchó un crujido. La escoba iba  a ceder. Se levantó rápidamente y la cogió justo cuando estaba a punto de quebrarse. La tapa del arcón anuló todo vestigio de luz en el contenido. Tuvo suerte, mucha suerte de salvar su cabeza.

Llevó la escoba a la cocina y volvió a la habitación para vestirse con la falda. Pero al dirigirse hacia la colcha, notó que su calzado pisaba algo resbaladizo.

Ese algo se deslizó debajo de la cama.

Se agachó. Levantó la colcha y la cubierta dejando a la vista el armazón de madera de roble con el que se había construido la cama y las sabanas blanquísimas que la vestían.

Encontró lo que buscaba: era una hoja de color azul , suelta o... no. Suelta no. Parecía estar enganchada a algo. Tiró de ella hacia sí.

Un conjunto de cartas escritas en papel del mismo color y guardadas en sobres en tono hueso, hicieron su deslumbrante aparición .  Estaban envueltas en un pañuelo de raso viejo, de color adusto. ¿Qué sería aquello? Guardó rápidamente el pañuelo con el resto de las cartas en el bolsillo interior de su zurrón y sacó una que comenzó a leer con avidez:

"Hola. Soy yo.
Una mujer gorda, vieja, loca y fea. Como muchas en el mundo.
No tengo nada que contar salvo lo que veis.
Me han dicho que abra un blog de estos y escriba mi vida.
No sé para qué. Mi vida no le interesa a nadie. No me interesa ni a mí.
Pero bueno. Siempre habrá quien lo lea. Y si no lo hay, mejor. A ver si se cansan los que quieren reírse de mí.
Yo no sé leer ni escribir. Yo me crié en la posguerra. Soy vieja.
Pero aquí os dejo lo que sé.
Y a quien no le guste... que no mire ni lea. Iros a tomar helado por el final de vuestro intestino."


La joven comenzó a hacerse cruces. ¡Qué formas de hablar! Qué desilusionada de la vida se encontraba aquella persona. Qué extrañas voces utilizaba en su mensaje. No las entendía. Guardó la carta con las otras y pensó en el contenido del mensaje. Pudiera ser que ella estuviera tan cansada como la dueña de la carta.

Tanto como ella, quizás. O no.

Se volvió a mirar al espejo. No dejaba de estar de buen ver a pesar de sus treinta años. Y Toño, Ignacio y Mendo la pretendían.  Ella sí sabía leer y escribir.  Pero aparentaba ser tan inculta como las mujeres de su familia. No solía ser muy normal entre las mujeres de su tierra el que aprendieran a conocer los libros  Ellas estaban preparadas para cuidar el ganado, el campo, los hijos y a los ancianos. Casarse y sobrevivir. Como si no fuera suficiente, sobre todo ahora que la guerra no acababa jamás. El rey Felipe IV estaba empeñado en batallar contra las lindes de Portugal que habían pertenecido a Castilla durante mucho tiempo y ahora las huestes portuguesas lidiaban contra las españolas en aquellos campos donde tenía que crecer su sustento y mataban a esos animales que los aprovisionaban durante el invierno. Por no hablar de los ataques sufridos por las mujeres y las niñas o los asesinatos que los campesinos se empeñaban en ocultar para no sufrir más castigos.

Tanteó el zurrón y pensó, por unos momentos, en la procedencia de esos papeles. ¿Quién sería la dueña? Seria posible que no estuviera cuerda porque hablaba de un modo desconocido. ¿Y si nació en el extranjero? Tanteó el zurrón y se acercó a la puerta de entrada. Recogió su hocín y su sombrero de paja. Tenía que estar preparada para el próximo mes de Julio.

¿Cuál sería el nombre de esa mujer?No quiso pensarlo. Eso de pensar no estaba bien porque volvía loca a la gente.

Mró a lo lejos:  Una humareda se veía en el horizonte. Seguramente no podrían segar tampoco este año.
Recogió un cubo y se fue a echar algarrobas a los cerdos.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

A salto de era...