6/3/11

Cómo nací 1.2.

- "Madre, madre. Haga usted el favor de entrar en la casa y vaya preparando el carbón para cocinar que yo acabaré todo lo que falta".
-"Madre, por favor, llévese usted a los hermanos que aquí más que trabajar lo que hacen es complicar la faena con mucho quebradero y poco resultado".

La madre estaba seria el día de hoy. No era extraño. La aparición de las caballerizas a poca distancia impresionaban y se encontraban solas para defender la casa y los animales. El padre marchó hacia la frontera para ayudar a combatir a las tropas del rey con sus hermanos y las mujeres se hacían cargo de las cosechas y siembras, del cuidado del ganado, de las compraventas y acuerdos con los tratantes. La madre era una mujer fuerte y sabia. No se dejaba engañar por las apariencias ni por la palabrería. Miraba el género y lo valoraba en su justa medida. Todavía no la había ganado nadie en un regateo.
Hoy se iba su mirada con el aire hacia las lindes con Portugal. Había muchas revueltas en el país. La frontera donde se acababan las vidas de sus hombres estaba más arriba: los maridos, hermanos, hijos. No sabían si volverían, al menos los pobres. De lo que sí estaban seguras es de que vendrían otros: los que parirían ellas, las mujeres, sin haber conocido varón legal, sin haber estado con sus maridos. Serían hijos de otras sangres y de otras razas que las habían envilecido y robado porque Felipe IV los enviaba, muertos de hambre y de hembra, a luchar contra desconocidos. Caprichos de reyes y de nobles. ¿Por qué tienen que pagar los pobres esos caprichos? Pero no podían hablar porque los señores los castigarían.

- "Madre, voy a recoger la cocina para ir preparando la cena".

Después, mientras la madre no mirara, buscará la carta que se le cayó bajo la cama. Tenía que cambiarse de ropa porque olía mal y se lavaría en el pajar para que nadie la viera. Creyó que habían llevado allí el arcón. Lo tenían preparado hasta que fueran los señores a buscarme para viajar con ellos al condado. No quería ir ni deseaba separarse de su madre ahora que la necesitaba tanto.

Ese día cocinaría migas. Tenía algo de harina reservada, limpia de heces de rata y lista para madre y sus hermanos. Las apartó en la molienda porque era la única manera de impedir que cogieran enfermedades y estuvieran sanos pues no podían pagar a los médicos. Dejaría cubierta la olla. Con el pimentón, la panceta y las morcillicas estarían ricas y madre podría comerlas.

Se acercó hacia la cama con la escoba y encontró el pedazo de recorte azul que había caído. Lo guardó en el bolsillo del delantal y se aproximó a la lumbre. Con mucho cuidado lo acercó a la claridad y miró la letra, cuidada, manuscrita y limpia que se leía bajo la luna:

"Pues yo viví una posguerra. Así que nací en un país donde hubo una guerra.
Como en todos los países hubo guerras, adivine usted en qué país nací.
Soy una persona del montón. Mi padre era humilde, mi madre era humilde y en mi familia había ricos y pobres.
También había gordos y flacos, altos y bajos, negros y blancos, rubios y morenos. De todo.
Sólo nos peleábamos por el dinero.
Y por el poder.

Tengo que poner fotos y vídeos y no sé.
Pero aprenderé algún día.

Un día estuve flaca pero fue hace muchos años. No me acuerdo."

Fotos, vídeos... ¿Qué significaban esas extrañas palabras? No las había oído jamás. Parecía que hablaba de una persona como ellos, pobre, humilde y también estaba en guerra, como la que padecían ellos contra esos países de Europa que no habían visto nunca. Peleaban por el dinero y el poder .Esas cosas son las que buscan los reyes y los nobles, los ricos y los dueños de las haciendas: dinero, poder, ganado, mujeres. Esa persona era igual que ella. Pero usaba palabras que no conocía. ¿Sería alguna persona viajera? Quizás en Europa se conocieran esas palabras. ¿O algún brujo o mago?

Se apresuró a guardar el recorte de nuevo. Se acercó con el cubo de agua que previamente había sacado del pozo y entró en el pajar. Dejó el cubo al lado del baúl y, como pudo, introdujo el papel en el hueco de la junta. Ahora se sintió tranquila.

Escuchó un ruido de repente y se escondió. Un gato salió corriendo del pajar. Miró a su alrededor a ver si había alguien. Y cerró los ojos cuando sintió sus pechos apretados dentro de las manos sucias y malolientes de una voz oscura que la incitó a entrar en lo más profundo del pajar. Prefirió no rebelarse: tendría su momento. Pero no hizo nada por facilitar la labor de quitar la ropa de su cuerpo. Se vio lanzada contra el suelo y forzada a abrir las piernas. Y cuando más daño hacían los dedos en su interior, sintió tranquilidad y un peso muerto sobre ella.

- "Rápido, recoge tu ropa y la pala y ayúdame a cavar. Tus hermanos están cenando y no nos queda tiempo. Después nos lavaremos".

Madre, siempre su madre. Si no fuera por ella, hubiera perdido la honra. Parecía tener mil ojos donde sólo había pieles. Como aquellos ángeles del monasterio donde la llevaron una vez. Madre. No quiso separarse de ella jamás.

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